Cuando lo vi pasearse en bata en el pasillo del hospital, me quede paralizada... mientras mi abuela le preguntaba por qué andaba en pie, yo me quedé atrás... y cuando me vio, se puso a llorar como un niño pequeño... nos abrazamos y pude sentir la frustración y el dolor reflejadas en su rostro. Intentó decirnos algo, pero ante mi shock no le entendí nada. Mi abuela sí.
Esperamos que saliera el doctor a decirnos absolutamente nada: "tienen que esperar al neurólogo, porque la causa no está identificada... bla bla bla". Entremedio llamadas.
Finalmente pudimos entrar a la pieza. Estaba levantado, intentando contar las anécdotas que le habían pasado en la mañana. Con ese humor de él tan inocente y propio. Estaba mascando chicle y tomando mucha agua. Alegre como siempre. Con la desesperación de no poder hablar se ponía a reír y a llorar a la vez. El estrés lo atacó. El guardia llegó a sacarme.
Lo llamé para avisarle que había llegado bien a L.A., tantos abrazos y besos a la distancia que me sentí un poco mejor.
Volví a entrar. Y esa sensación de impotencia se apoderó de mi. De no poder ayudarlo en nada más que acompañándolo Estaba tratando de pensar en soluciones, pero la idea que siguiera trabajando me inquietaba. Prefería decirle que le enseñaría a hacer yoga y que nos volveríamos vegetarianos ahora mismo.
Todos los demás exámenes salieron bien, muy bien. Hay algo que no han podido descifrar y que sin ese conocimiento no sabríamos cual es el tratamiento a seguir.
Siento rabia, impotencia y pena. De no poder ayudarlo en algo. Lo más mínimo. Me siento de brazos cruzados.
Sé que se va a poner mejor, porque es joven, alegre y optimista. Y es mi abuelito.